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domingo, 27 de septiembre de 2009

6 de febrero de 1694: Macacos. La última expedición contra Palmares


El cazador de indios, matador de muchas leguas de indios, nació de madre india. Habla guaraní y portugués casi nada. Domingos Jorge Velho es capitán de mamelucos de San Pablo, mestizos que han sembrado el terror en medio Brasil en nombre de los señores coloniales y para feroz exorcismo de la mitad de su sangre.

En los últimos seis años, el capitán Domingos alquiló sus servicios a la corona portuguesa contra los indios janduim, alzados en el sertón de Pernambuco y en Río Grande do Norte. Después de larga carnicería llega a Recife, victorioso, y allí lo contratan para arrasar Palmares. Le ofrecen un buen botín en tierras y negros para vender en Río de Janeiro y Buenos Aires, y además le prometen infinitas amnistías, cuatro hábitos de órdenes religiosas y treinta grados militares para repartir entre sus hombres.


Con el catalejo en bandolera sobre el pecho desnudo, abierta la casaca grasienta, el capitán Domingos desfila a caballo por las calles de Recife, a la cabeza de sus oficiales mestizos y sus soldados indios degolladores de indios. Cabalga entre nubes de polvo y olores de pólvora y aguardiente, atravesando ovaciones y bandadas de pañuelos blancos: este mesías nos salvará de los negros alzados, cree o quiere la gente, convencida de que los cimarrones tienen la culpa de la falta de brazos en los ingenios y también tienen la culpa de las pestes y las sequías que están asolando al nordeste, porque no enviará Dios la salud ni la lluvia mientras no cese el escándalo de Palmares.

Y se organiza la gran cruzada. De todas partes acuden voluntarios, empujados por el hambre, en busca de ración segura. Se vacían las cárceles: hasta los presos se incorporan al mayor ejército hasta ahora reunido en el Brasil.


Los exploradores indios marchan adelante y los changadores negros a la retaguardia. Nueve mil hombres atraviesan la selva, llegan a la sierra y suben hacia la cumbre donde se alzan las fortificaciones de Macacos. Esta vez llevan cañones.

Varios días dura el asedio. Los cañones aniquilan la triple muralla de madera y piedra. Se pelea cuerpo a cuerpo, al borde del abismo. Son tantos los muertos que no hay donde caer, y continúa la degollatina entre las breñas. Muchos negros intentan huir y resbalan al vacío por los despeñaderos; y muchos se arrojan eligiendo el precipicio.



Las llamas devoran la capital de Palmares. Desde la lejana ciudad de Pôrto Calvo se ven los resplandores de la gigantesca fogata, que arde durante toda la noche. Quemar hasta la memoria. Los cuernos de caza no cesan de anunciar el triunfo.

El jefe Zumbí, herido, ha conseguido escapar. Desde los altos picos llega a la selva. Deambula por los túneles verdes, en la espesura, buscando a los suyos.


Fotos de Carf.

sábado, 8 de marzo de 2008

2 de diciembre de 1531: Ciudad de México. La Virgen de Guadalupe.



Esa luz, ¿sube de la tierra o baja del cielo? ¿Es luciérnaga o lucero? La luz no quiere irse del cerro de Tepeyac y en plena noche persiste y fulgura en las piedras y se enreda en las ramas.

Alucinado, iluminado, la vio Juan Diego, indio desnudo: la luz de luces se abrió para él, se rompió en jirones dorados y rojizos y en el centro del resplandor apareció la más lúcida y luminosa de las mujeres mexicanas. Estaba vestida de luz la que en lengua náhuatl le dijo: «Yo soy la madre de Dios.»

El obispo Zumárraga escucha y desconfía. El obispo es el protector oficial de los indios, designado por el emperador, y también el guardián del hierro que marca en la cara de los indios el nombre de sus dueños. Él arrojó a la hoguera los códices aztecas, papeles pintados por la mano del Demonio, y aniquiló quinientos templos y veinte mil ídolos. Bien sabe el obispo Zumárraga que en lo alto del cerro de Tepeyac tenía su santuario la diosa de la tierra, Tonantzin, y que allí marchaban los indios en peregrinación a rendir culto a nuestra madre, como llamaban a esa mujer vestida de serpientes y corazones y manos.

El obispo desconfía y decide que el indio Juan Diego ha visto a la Virgen de Guadalupe. La Virgen nacida en Extremadura, morena por los soles de España, se ha venido al valle de los aztecas para ser la madre de los vencidos.