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miércoles, 24 de diciembre de 2008

31 de julio de 1566: Madrid. El fanático de la dignidad humana / Aunque pierdas, vale la pena


El fanático de la dignidad humana

Fray Bartolomé de Las Casas está pasando por encima del rey y del Consejo de Indias. ¿Será castigada su desobediencia? A los noventa y dos años, poco le importa. Medio siglo lleva peleando. ¿No están en su hazaña las claves de su tragedia? Muchas batallas le han dejado ganar, hace tiempo lo sabe, porque el resultado de la guerra estaba decidido de antemano.




Los dedos ya no le hacen caso. Dicta la carta. Sin permiso de nadie, se dirige directamente a la Santa Sede. Pide al papa Pío V que mande cesar las guerras contra los indios y que ponga fin al saqueo que usa la cruz como coartada. Mientras dicta se indigna, se le sube la sangre a la cabeza y se le quiebra la voz que le queda, ronca y poca.

Súbitamente, cae al suelo.



Aunque pierdas, vale la pena

Los labios se mueven, dicen palabras sin sonido.

—¿Me perdonarás, Dios?

Fray Bartolomé pide clemencia en el Juicio Final, por haber creído que los esclavos negros y moros aliviarían la suerte de los indios.



Yace tendido, húmeda la frente, pálido, y no cesan de moverse los labios.

Un trueno se descarga, lento, desde lejos. Fray Bartolomé, el nacedor, el hacedor, cierra los ojos. Aunque siempre fue duro de oído, escucha la lluvia sobre el tejado del convento de Atocha. La lluvia le moja la cara. Sonríe.




Uno de los sacerdotes que lo acompañan murmura algo sobre la rara luz que se le ha encendido en el rostro. A través de la lluvia, libre de duda y tormento, fray Bartolomé está viajando, por última vez, hacia los verdes mundos donde conoció la alegría.

—Gracias —dicen sus labios, en silencio, mientras lee las oraciones a la luz de los cocuyos y las luciérnagas, salpicado por la lluvia que golpea el techo de hojas de palma.

—Gracias —dice, mientras celebra misa en cobertizos sin paredes y bautiza niños desnudos en los ríos.



Los sacerdotes se persignan. Han caído los últimos granos de la arena del reloj. Alguien da vuelta la ampolleta, para que no se interrumpa el tiempo.




jueves, 27 de noviembre de 2008

6 de mayo de 1536: Machu Picchu. Manco Inca






Harto de ser rey tratado como perro, Manco Inca se alza contra los hombres de cara peluda. En el trono vacío, Pizarro instala a Paullo, hermano de Manco Inca y de Atahualpa y de Huáscar.




De a caballo, a la cabeza de un gran ejército, Manco Inca pone sitio al Cuzco. Arden las hogueras en torno a la ciudad y llueven, incesantes, las flechas de yesca encendida, pero más castiga el hambre a los sitiadores que a los sitiados y las tropas de Manco Inca se retiran, al cabo de medio año, entre alaridos que parten la tierra.




El Inca atraviesa el valle del río Urubamba y emerge entre los altos picos de niebla. La escalinata de piedra lo conduce a la morada secreta de las cumbres. Protegida por parapetos y torreones, la fortaleza de Machu Picchu reina más allá del mundo.





sábado, 20 de septiembre de 2008

15 de noviembre de 1533: Cuzco. Entran los conquistadores en la ciudad sagrada.


En el radiante mediodía, a través de la humareda se abren paso los soldados. Un olor a cuero mojado se alza y se mezcla con el olor de la quemazón, mientras resuena un estrépito de cascos de caballos y ruedas de cañones.


Recorte de foto de Kamoteus.


Nace un altar en la plaza. Los pendones de seda, bordados de águilas, escoltan al dios nuevo, que tiene los brazos abiertos y usa barba como sus hijos. ¿No está viendo el dios nuevo que sus hijos se abalanzan, hacha en mano, sobre el oro de los templos y las tumbas?




Entre las piedras del Cuzco, tiznadas por el incendio, los viejos y los paralíticos aguardan, mudos, los días por venir.





domingo, 27 de julio de 2008

Victorioso sol, luna vencida...

.
La luna perdió la primera batalla contra el sol cuando se difundió la noticia de que no era el viento quien embarazaba a las mujeres.


Foto de Andrea Cucconi.


Después, la historia trajo otras tristes novedades: la división del trabajo atribuyó casi todas las tareas a las hembras, para que los machos pudiéramos dedicarnos al exterminio mutuo; el derecho de propiedad y el derecho de herencia permitieron que ellas fueran dueñas de nada; la organización de la familia las metió en la jaula del padre, el marido y el hijo varón y se consolidó el Estado, que era como la familia pero más grande.

La luna compartió la caída de sus hijas.



Foto de ☼ giselaw's photostream.


Lejos quedaron los tiempos en que la luna de Egipto devoraba el sol al anochecer y al amanecer lo engendraba, la luna de Irlanda sometía al sol amenazándolo con la noche perpetua y los reyes de Grecia y Creta se disfrazaban de reinas, con tetas de trapo, y en las ceremonias sagradas enarbolaban la luna como estandarte.

En Yucatán, la luna y el sol habían vivido en matrimonio. Cuando se peleaban, había eclipse. Ella, la luna, era la señora de los mares y de los manantiales y la diosa de la tierra.

Con el paso de los tiempos, perdió sus poderes. Ahora sólo se ocupa de partos y enfermedades.

En las costas del Perú, la humillación tuvo fecha. Poco antes de la invasión española, en el año 1463, la luna del reino chimú, la que más mandaba, se rindió ante el ejército del sol de los incas.


Foto de down_the_rabbit_hole .




Texto tomado de Diosas y reinas, Eduardo Galeano, en Rebelión. En su próximo libro, Espejos: Una historia casi universal, que está en la calle desde mediados de abril, Eduardo Galeano elabora un inventario general de los hitos y mitos de la historia de los hombres, un repaso caprichoso desde los orígenes hasta hoy, sólo regido por la mirada lírica y lúcida del autor. Como anticipo, Radar primero, Rebelión después, y luego Sin pelos en la lengua, de donde lo tomo, ofrecen el capítulo dedicado a las mujeres de la antigüedad y la mitología, una suerte de fundación del machismo. Yo lo voy colocando acá de a pedacitos...

sábado, 19 de julio de 2008

16 de noviembre de 1532: Cajamarca. Pizarro.




Mil hombres van barriendo el camino del Inca hacia la vasta plaza donde aguardan, escondidos, los españoles. La multitud tiembla al paso del Padre Amado, el Solo, el Único, el dueño de los trabajos y las fiestas; callan los que cantan y se detienen los que danzan. A la poca luz, la última del día, relampaguean de oro y plata las coronas y las vestiduras de Atahualpa y su cortejo de señores del reino.

¿Dónde están los dioses traídos por el viento? El Inca llega al centro de la plaza y ordena esperar. Hace unos días, un espía se metió en el campamento de los invasores, les tironeó las barbas y volvió diciendo que no eran más que un puñado de ladrones salidos de la mar. Esa blasfemia le costó la vida. ¿Dónde están los hijos de Wiracocha, que llevan estrellas en los talones y descargan truenos que provocan el estupor, la estampida y la muerte?

El sacerdote Vicente de Valverde emerge de las sombras y sale al encuentro de Atahualpa. Con una mano alza la Biblia y con la otra un crucifijo, como conjurando una tormenta en alta mar, y grita que aquí está Dios, el verdadero, y que todo lo demás es burla. El intérprete traduce y Atahualpa, en lo alto de la muchedumbre, pregunta:

—¿Quién lo dijo?

—Lo dice la Biblia, el libro sagrado.

—Dámela, para que me lo diga.

A pocos pasos, detrás de una pared, Francisco Pizarro desenvaina la espada.

Atahualpa mira la Biblia, le da vueltas en la mano, la sacude para que suene y se la aprieta contra el oído:

—No dice nada. Está vacía.

Y la deja caer.

Pizarro espera este momento desde el día en que se hincó ante el emperador Carlos V, le describió el reino grande como Europa que había descubierto y se proponía conquistar y le prometió el más espléndido tesoro de la historia de la humanidad. Y desde antes: desde el día en que su espada trazó una raya en la arena y unos pocos de sus soldados muertos de hambre, hinchados por las plagas, juraron acompañarlo hasta el final. Y desde antes aún, desde mucho antes: Pizarro espera este momento desde que hace cincuenta y cuatro años fue arrojado a la puerta de una iglesia de Extremadura y bebió leche de puerca por no hallarse quien le diera de mamar.

Pizarro grita y se abalanza. A la señal, se abre la trampa. Suenan las trompetas, carga la caballería y estallan los arcabuces, desde la empalizada, sobre el gentío perplejo y sin armas.


Foto de Wikimedia.


Cajamarca
El rescate


Para comprar la vida de Atahualpa, acuden la plata y el oro. Hormiguean por los cuatro caminos del imperio las largas hileras de llamas y las muchedumbres de espaldas cargadas. El más espléndido botín viene del Cuzco: un jardín entero, árboles y flores de oro macizo y pedrerías, en tamaño natural, y pájaros y animales de pura plata y turquesa y lapislázuli.

El horno recibe dioses y adornos y vomita barras de oro y de plata.

Jefes y soldados exigen a gritos el reparto. Hace seis años que no cobran.

De cada cinco lingotes, Francisco Pizarro separa uno para el rey. Luego se persigna. Pide el auxilio de Dios, que todo lo sabe, para guardar justicia; y pide el auxilio de Hernando de Soto, que sabe leer, para vigilar al escribano.

Adjudica una parte a la Iglesia y otra al vicario del ejército. Recompensa largamente a sus hermanos y a los demás capitanes. Cada soldado raso recibe más de lo que el príncipe Felipe cobra en un año y Pizarro se convierte en el hombre más rico del mundo. El cazador de Atahualpa se otorga a sí mismo el doble de lo que en un año gasta la corte de Carlos V con sus seiscientos criados -sin contar la litera del Inca, ochenta y tres kilos de oro puro, que es su trofeo de general.




sábado, 16 de febrero de 2008

28 de febrero de 1525: Tuxkahá. Cuauhtémoc.


De la rama de una antigua ceiba se balancea, colgado de los tobillos, el cuerpo del último rey de los aztecas.

Cortés le ha cortado la cabeza.

Había llegado al mundo en cuna rodeada de escudos y dardos, y estos fueron los primeros ruidos que oyó:

Tu propia tierra es otra. A otra tierra estás prometido. Tu verdadero lugar es el campo de batalla. Tu oficio es dar de beber al sol con la sangre de tu enemigo y dar de comer a la tierra con el cuerpo de tu enemigo.

Hace veintinueve años, los magos derramaron agua sobre su cabeza y pronunciaron palabras rituales:

¿En qué lugar te escondes, desgracia? ¿En qué miembro te ocultas? ¡Apártate de este niño!
Lo llamaron Cuauhtémoc, águila que cae. Su padre había extendido el imperio de mar a mar. Cuando el príncipe llegó al trono, ya los invasores habían venido y vencido. Cuauhtémoc se alzó y resistió. Fue el jefe de los bravos. Cuatro años después de la derrota de Tenochtitlán, todavía resuenan, desde el fondo de la selva, los cantares que claman por la vuelta del guerrero.

¿Quién hamaca ahora su cuerpo mutilado? ¿El viento o la ceiba? ¿No es la ceiba quien lo mece, desde su vasta copa? ¿No acepta la ceiba esta rama rota, como un brazo más de los mil que nacen de su tronco majestuoso? ¿Le brotarán flores rojas?

La vida sigue. La vida y la muerte siguen.


viernes, 30 de noviembre de 2007

13 de agosto de 1521: Tenochtitlán. El mundo está callado y llueve

De pronto, de golpe, acaban los gritos y los tambores. Hombres y dioses han sido derrotados. Muertos los dioses, ha muerto el tiempo. Muertos los hombres, la ciudad ha muerto. Ha muerto en su ley esta ciudad guerrera, la de los sauces blancos y los blancos juncos. Ya no vendrán a rendirle tributo, en las barcas a través de la niebla, los príncipes vencidos de todas las comarcas.

Reina un silencio que aturde. Y llueve. El cielo relampaguea y truena y durante toda la noche llueve.

Se apila el oro en grandes cestas. Oro de los escudos y de las insignias de guerra, oro de las máscaras de los dioses, colgajos de labios y de orejas, lunetas, dijes. Se pesa el oro y se cotizan los prisioneros. De un pobre es el precio, apenas, dos puñados de maíz… Los soldados arman ruedas de dados y naipes.

El fuego va quemando las plantas de los pies del emperador Cuauhtémoc, untadas de aceite, mientras el mundo está callado y llueve.

Texto de Eduardo Galeano (Memorias del fuego).


sábado, 25 de agosto de 2007

30 de junio de 1520: Teocalhueyacan. «La Noche Triste»



Hernán Cortés pasa revista a los pocos sobrevivientes de su ejército, mientras la Malinche cose las banderas rotas.

Tonochtitlán ha quedado atrás. Atrás ha quedado la columna de humo que echó por la boca el volcán Popocatépetl, como diciendo adiós, y que no había viento que pudiera torcer.

Los aztecas han recuperado su ciudad. Las azoteas se erizaron de arcos y lanzas y la laguna se cubrió de canoas en pelea. Los conquistadores huyeron en desbandada, perseguidos por una tempestad de flechas y piedras, mientras aturdían la noche los tambores de la guerra, los alaridos y las maldiciones.

Estos heridos, estos mutilados, estos moribundos que Cortés está contando ahora, se salvaron pasando encima de los cadáveres que sirvieron de puente: cruzaron a la otra orilla pisando caballos que se habían resbalado y hundido y soldados muertos a flechazos y pedradas o ahogados por el peso de las talegas llenas de oro que no se resignaban a dejar.

Texto de Eduardo Galeano (Memorias del fuego).


Foto de la wiki.

domingo, 19 de agosto de 2007

8 de noviembre de 1519:Tenochtitlán, la capital de los aztecas.


Mudos de hermosura, los conquistadores cabalgan por la calzada. Tenochtitlán parece arrancada de las páginas de Amadís, cosas nunca oídas, ni vistas, ni aún soñadas… El sol se alza tras los volcanes, calles, acequias, templos de altas torres, se despliega y fulgura. Una multitud sale a recibir a los invasores, en silencio y sin prisa, mientras infinitas canoas abren surcos en las aguas de cobalto.

Moctezuma llega en litera, sentado en suave piel de jaguar, bajo palio de oro, perlas y plumas verdes. Los señores del reino van barriendo el suelo que pisará.

Él da la bienvenida al dios Quetzalcóatl:

—Has venido a sentarte en tu trono le dice. Has venido entre nubes, entre nieblas. No te veo en sueños, no estoy soñando. A tu tierra has llegado…

Los que acompañan a Quetzalcóatl reciben guirnaldas de magnolias, rosas y girasoles, collares de flores en los cuellos, en los brazos, en los pechos: la flor del escudo y la flor del corazón, la flor del buen aroma y la muy amarilla.

Quetzalcóatl nació en Extremadura y desembarcó en tierras de América con un hatillo de ropa al hombro y un par de monedas en la bolsa. Tenía diecinueve años cuando pisó las piedras del muelle de Santo Domingo y preguntó: ¿Dónde está el oro? Ahora ha cumplido treinta y cuatro y es capitán de gran ventura. Viste armadura de hierro negro y conduce un ejército de jinetes, lanceros, ballesteros, escopeteros y perros feroces. Ha prometido a sus soldados: Yo os haré, en muy breve tiempo, los más ricos hombres de cuantos jamás han pasado a las Indias.

El emperador Moctezuma, que abre las puertas de Tenochtitlán, acabará pronto. De aquí a poco será llamado mujer de los españoles y morirá por las pedradas de su gente. El joven Cuauhtémoc ocupará su sitio. Él peleará.

Texto de Eduardo Galeano (Memorias del fuego).


Foto de chuchogm.

CUAUHTEMOC


ULTIMO MENSAJE DE CUAUHTEMOC A SU IMPERIO
EL DIA 12 DE AGOSTO DE 1521 DIA 1 SERPIENTE
DONDE DA UNA ORDEN Y UNA PROFESIA
DONDE EL QUITO SOL MURIO PERO REGRESARA EN FECHAS DEL 6to SOL
QUE SE ENCUENTRA PROXIMO.

Nuestro sol se ocultó
Nuestro sol desapareció su rostro
Y en completa oscuridad nos ha dejado

Pero sabemos que otra vez volverá
Que otra vez saldrá
Y nuevamente nos alumbrará

Pero mientras allá esté y la mansión del silencio permanezca
Muy prontamente reunámonos y estrechémonos

Y en el centro de nuestro ser ocultemos
Todo lo que nuestro corazón ama
Y que sabemos que es gran tesoro

Destruyamos nuestros recintos al principio creador
Nuestras escuelas nuestros campos de pelota
Nuestros recitos para la juventud
Nuestras casas para el canto y el juego

Que nuestros caminos queden abandonados

Y que nuestros hogares nos resguarden
Hasta cuando salga nuestro nuevo sol

Los papacitos y las mamacitas
Que nunca olviden guiar a sus jóvenes
Y hacer saber a sus hijos mientras vivan
Cuan buena ha sido
Hasta ahora nuestra amada madre tierra Anahuac
Al amparo y protección de nuestro destino por nuestro gran respeto y buen comportamiento
Confirmados por nuestros antepasados

Y que nuestros papacitos muy animosamente
Sembraron en nuestro ser
Ahora nosotros les encargamos a nuestros hijos
Que no olviden informar a sus hijos
Cuan buena será, como se levantara
Y alcanzara fuerza
Y cuan bien realizará su gran destino
Esto nuestra amada madre tierra Anahuac

La tradición oral atribuye a este poema como el ultimo mensaje del Tlahtokan (consejero de gobierno) de México Tenochtitlan
A conocer como Cuahutemoc como mandato de su ultimo acto el 12 de agosto de 1521 día Ze koatl (uno serpiente)


www.Tu.tv

domingo, 12 de agosto de 2007

12 de octubre de 1492: Guanahaní



Colón cae de rodillas, llora, besa el suelo. Avanza, tambaleándose porque lleva más de un mes durmiendo poco o nada, y a golpes de espada derriba unos ramajes.

Después, alza el estandarte. Hincado, ojos al cielo, pronuncia tres veces los nombres de Isabel y Fernando. A su lado, el escribano Rodrigo de Escobedo, hombre de letra lenta, levanta el acta.

Todo pertenece, desde hoy, a esos reyes lejanos: el mar de corales, las arenas, las rocas verdísimas de musgo, los bosques, los papagayos y estos hombres de piel de laurel que no conocen todavía la ropa, la culpa ni el dinero y que contemplan, aturdidos, la escena.

Luis de Torres traduce al hebreo las preguntas de Cristóbal Colón:

—¿Conocéis vosotros el Reino del Gran Kahn? ¿De dónde viene el oro que lleváis colgado de las narices y las orejas?

Los hombres desnudos lo miran, boquiabiertos, y el intérprete prueba suerte con el idioma caldeo, que algo conoce:

—¿Oro? ¿Templos? ¿Palacios? ¿Rey de reyes? ¿Oro?

Y luego intenta la lengua arábiga, lo poco que sabe:

—¿Japón? ¿China? ¿Oro?

El intérprete se disculpa ante Colón en la lengua de Castilla.

Colón maldice en genovés, y arroja al suelo sus cartas credenciales, escritas en latín y dirigidas al Gran Kahn. Los hombres desnudos asisten a la cólera del forastero de pelo rojo y piel cruda, que viste capa de terciopelo y ropas de mucho lucimiento.

Pronto se correrá la voz por las islas:

—¡Vengan a ver a los hombres que llegaron del cielo! ¡Tráiganles de comer y de beber!


Texto de Eduardo Galeano (Memorias del fuego).



Foto de tp.


jueves, 9 de agosto de 2007

13 de marzo de 1325: La tierra prometida...


"Maldormidos, desnudos, lastimados, caminaron toda la noche y día durante más de 2 siglos. Iban buscando el lugar donde la tierra se tiende entre cañas y juncias.

Varias veces se perdieron, se dispersaron y volvieron a juntarse. Fueron volteados por los vientos y se arrastraron atándose los unos a los otros, golpeándose, empujándose; cayeron de hambre y se levantaron y nuevamente cayeron y se levantaron. En la región de los volcanes, donde no crece la hierba, comieron carne de reptiles.

Traían la bandera y la capa del dios que había hablado a los sacerdotes, durante el sueño, y había prometido un reino de oro y plumas de quetzal: Sujetaréis de mar a mar a todos los pueblos y ciudades, había anunciado el dios, y no será por hechizo, sino por ánimo del corazón y valentía de los brazos.

Cuando se asomaron a la laguna luminosa, bajo el sol del mediodía, los aztecas lloraron por primera vez. Allí estaba la pequeña isla de barro: sobre el nopal, más alto que los juncos y las pajas bravas, extendía el águila sus alas.

Al verlos llegar, el águila humilló la cabeza. Estos parias, apiñados en la orilla de la laguna, mugrientos, temblorosos, eran los elegidos, los que en tiempos remotos habían nacido de las bocas de los dioses.

Huitzilopochtli les dió la bienvenida:

Éste es el lugar de nuestro descanso y nuestra grandeza resonó la voz . Mando que se llame Tenochtitlán la ciudad que será reina y señora de todas las demás. ¡México es aquí!"

Texto de Eduardo Galeano (Memorias del fuego).