miércoles, 27 de diciembre de 2006

Comparto un par de mensajitos navideños que recibí en estos días...

Mensaje de navidad de Evita, 24 de diciembre de 1952:

(…) No puede haber amor donde hay explotadores y explotados.

No puede haber amor donde hay oligarquías dominantes llenas de privilegios y pueblos desposeídos y miserables.

Porque nunca los explotadores pudieron ser ni sentirse hermanos de sus explotados y ninguna oligarquía pudo darse con ningún pueblo el abrazo sincero de la fraternidad.

El día del amor y de la paz llegará cuando la justicia barra de la faz de la tierra a la raza de los explotadores y de los privilegiados, y se cumplan inexorablemente las realidades del antiguo mensaje de Belén renovado en los ideales de justicia y paz:

  • Que haya una sola clase de hombres, los que trabajan;
  • Que sean todos para uno y uno para todos;
  • Que no exista ningún otro privilegio que el de los niños;
  • Que nadie se sienta más de lo que es ni menos de los que puede ser;
  • Que los gobiernos de las naciones hagan lo que los pueblos quieran;
  • Que cada día los hombres sean menos pobres y
  • Que todos seamos artífices del destino común.

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Estas Navidades siniestras

Por: Gabriel García Márquez

Fecha de publicación: 22/12/06 http://www.aporrea.org/actualidad/a28671.html

Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tanto estruendo de cornetas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. Novecientos cincuenta y cuatro millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.

Lo mas grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que habría de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.

La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeron los Reyes Magos –como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día –como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdí la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.

Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papá Noel de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad , este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen San Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, San Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso lo proclamaron el patrono de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto al árbol de los juguetes, y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más siniestro de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducidos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.

Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando donde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños –viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos

6 comentarios:

María Fernanda dijo...

Es fuerte, pero lamentablemente muy real. Creo que debe ser un poco por eso que estas fechas no me gustan. Igual lo más importante es poder rescatar que es el nacimiento de Jesús, para los que así lo creemos, todo lo demás me parece que es totalmente intrascendente, aunque no seamos hipócritas, la mayoría, crea o no termina celebrando no se que cosa como bien describe el texto.
Igual, feliz navidad a los que encuentran un sentido profundo a todo este circo...
besos
Fer

Caro dijo...

Bua...la verdad espero que este artículo sea lo último que lea sobre la Navidad hasta el año que viene!!! ja...la verdad (como dijo mi hermana) es un tema fuerte y agrego...para mí un poco triste ¿por qué? no sé probablemente por la suma de todo lo que bien dice García Marquez...que es tan pero tan real...

Están buenos los "Cachivaches" Pedro, saludos

Solo-en-la-Acera dijo...

Ya...

Este año me lo he preguntado... ¿Qué estamos celebrando? ¿Qué hay celebrable en el año que pasó? ¿Qué tendremos en el año que viene que sea celebrable?

Sin embargo, siempre hay algo nuevo que está naciendo... ¿tendremos la capacidad de percibirlo?

Paz y Bien...

Caro dijo...

Creo que lo mejor será celebrar la esperanza de un mejor año que el año que pasó ....¿no?

Solo-en-la-Acera dijo...

Si, Caro...

Y tener capacidad de hacerse presente, en esos nuevos procesos que nacen... y que nos invitan a la esperanza...

Y saber recorrer el camino que lleva a otras realidades inéditas... pero posibles...

Fer dijo...

Que fuerte encontrarse con lo que comentamos el año pasado... Y encontrarse tal vez que pienso lo mismo, pero con las esperanzas un poco más gastadas... No importa... lo único que tiene que importar es que hoy nació Jesús... Lo demás seguirá siendo un circo que cada año me revuelva más la panza... y el corazón...

igual, feliz navidad amigo